Misioneros de Sudán
La vida y la entrega de los Misioneros por los demás es total, es un ejemplo en el mundo de lo que Jesucristo quiso de nosotros, la entrega a los demás.
Padre José Javier Parladé
Desde la Misión de Yirol. 2009
Carta a una persona que le pidió una breve historia al Padre José Javier Parladé:
Queridos amigos:
Me piden que escriba la historia de mi vida en África y la verdad es que no es empresa fácil, y quizás muchos no la entenderían ni siquiera, pero lo que si puedo decir es que la he gozado y que si pudiera empezar de nuevo ciertamente trataría de vivirla un poco mejor, pero seguramente la repetiría porque lo que se hace por los demás te deja una gran paz interior.
Yo vine a Sudan hace 38 años, y como os podéis imaginar, en tantos años he vivido muchas experiencias, pero desde el principio descubrí en la gente una gran necesidad de Dios y era precisamente lo que me pasaba a mí, por lo que decidí quedarme con ellos y caminar con ellos en esta búsqueda de este Dios que aquí en medio de tanta pobreza y necesidad se sentía mucho más presente, y aquí practicamente está resumida toda mi vida. He caminado con este pueblo en la búsqueda de este Dios que ya estaba aquí y por tanto he tenido siempre mucho cuidado de olvidarme de mi cultura y el Dios inculturizado de España que yo traía y ponerme seriamente con ellos a buscar al Dios inculturizado en Sudán que ya estaba aquí.
Entre las experiencias que viví hay tres que me han tocado más. La primera fue la que viví en Maban, era todavía joven y con grandes energías. Allí entre ellos viví doce años. Tenía una choza como ellos y comía de lo que sembraba, como ellos, no quise tener ni coche ni siquiera bicicleta porque quería realmente vivir como ellos y ellos vivían a pie, y allí poco a poco empezó a nacer una Iglesia que nacía de ellos y por tanto, era fuerte. Despué sde doce años habían ya 93 capillas en los diferentes poblados, que ellos mismos iban construyendo y todos íbamos comprendiendo que no se podía ser cristianos sin sentir la necesidad de hacer algo por los demás, de colaborar con los demás y sobre todo sin amar la paz. Y realmente era bonito vivir allí, pero ésto duró poco. La guerra llegó hasta allí y no sabéis las atrocidades que vi en aquellos años. El Obispo me llamó para decirme que la situación se había hecho demasiado peligrosa y que no quería que me quedara solo un día más. Pero los ancianos se negaron a dejarme ir porque decían que yo era el único que lograba enfrentarme a los militares para defenderlos y así terminé quedándome de nuevo. Fue un tiempo duro, ya no se podía vivir en las chozas y por las noches teníamos que escondernos en el bosque, a veces bajo la lluvia. Al poco tiempo también llegó mi hora. Un buen día a las 4 de la mañana, los militares me hicieron desaparecer; me tuvieron prisionero unos quince días; después me expulsaron y ya no me dejaron volver más.
Después me mandaron a una misión más al sur, eran dos misiones que habían sido cerradas hacía bastantes años a causa de la guerra y que ahora querían abrir de nuevo pero unidas en una sola. Cuando llegué encontre la gente, muchos de ellos ya cristianos y otros cristianizados, pero que vivían con gran miedo. Allí encontré a Kornelio que tenía las manos agujereadas, era el sultán de la tribu Aya, y lo habían obligado a hacerse musulmán, pero como se había negado, lo habían clavado a un árbol y lo habían dejado allí. Sólo por la noche lo encontró un hombre de allí, le sacó los clavos y se salvó, pero tuvo siempre en las manos estos agujeros como recuerdo de aquel momento. También el sultán de los creish era ciego por la misma razón, a él le metieron por la cabeza un saco de guindillas y lo apalearon hasta que se quedó ciego… Ahora habían inventado algo más general, habían cerrado todas las escuelas gubernativas que estaban abiertas a todos, y habían abierto una coránica donde si querías estudiar tenías que hacerte primero musulmán. Entonces ellos dejaron de llevar a sus hijos a la escuela, pero esto no me parecía una solución, entre otras cosas porque estaban perdiendo toda ilusión por el futuro y todo espíritu de lucha y el miedo siempre es malo, de modo que comprendí que lo que necesitaba en Raga era una buena inyección de optimismo y esperanza, había que luchar por nuestros derechos. De modo que me puse a buscar gente que me quisiera ayudar y empezamos enseguida a construir nuestra escuela. Los árabes nos prohibieron continuar, pero nosotros dijimos que teníamos permiso y por tanto derecho a hacerlo. Me amenazaron con expulsarme y al final lo hicieron. Era el tiempo de las lluvias y como estaba todo inundado tardé 18 días en llegar a Khartoum, entre otras cosas porque en cada ciudad donde pasábamos me ponían en prisión dos o tres días. Al final, llegamos a Khartoum y allí mis amigos me ayudaron y a los tres meses conseguí volver de nuevo. En doce años que estuve allí me expulsaron 10 veces, casi una por año, pero nosotros logramos vencer porque al final teníamos una escuela primaria para 1.800 niños y otra para 700 niñas y una escuela secundaria de 600 alumnos y la gente estaba contentísima porque habían comprendido que no es necesaria la violencia para vencer. Pero tampoco aquí duró mucho la victoria pues un día llegaron rebeldes y conquistaron la ciudad, mi casa estaba llena de gente con muchísimo miedo, una mujer, hasta tuvo su niño allí por el miedo que pasó, enseguida le dieron el nombre de guerra, porque había nacido cuando estaban bombardeando…. Yo, naturalmente me quedé allí con la gente, fueron tres meses terribles. Los aviones venían a bombardearnos 2 veces al día y a a veces hasta tres veces. Habíamos hecho unos agujeros donde nos refugiábamos cuando oíamos los aviones y el día lo pasábamos atendiendo a los heridos. A los tres meses llegaron los árabes de nuevo y reconquistaron la zona y nosotros con toda la gente tuvimos que escapar pues nos habrían acusado de haber pasado al otro bando…
Así llegamos a Yirol donde estoy desde hace 6 años, es una ciudad muy bonita que fue conquistada y reconquistada al menos 5 veces y donde practicamente todo fue destruido, y asi hemos empezado de nuevo a poner en pie lo que se podía pero en esta ocasión tuve la suerte de conocer a un grupo de personas estupendas que un día llegaron hasta aquí. Juan de Orbaneja, el Padre Antonio Aurelio, Anna Gamazo y Carlos Mártinez de Campos decidieron organizar Amsudan, y desde entonces, ellos desde allí, y yo desde aquí, hemos logrado hacer grandes cosas. Hemos logrado construir una gran escuela donde ahora estudian 1.800 alumnos y tres más en diferentes poblados, aparte de un centro de formación de líderes y otro de promoción de la mujer. También Manos Unidas nos ayudó a construir la escuela de Malek. En la misión tenemos muchas otras actividades, tenemos un Hospital, un centro para leprosos, 57 capillas y 27 escuelas para seguir y ciertamente unas piernas que no son las de antes, dados mi 67 años, pero creo que todavía se puede hacer algo.
Estamos gozando de una paz que se firmó hace cuatro años pero degraciadamente es muy frágil porque casi ninguno de los acuerdos que se firmaron se están cumpliendo, en tanto tratamos de hablar de una verdadera paz basada en la justicia, pero la verdad es que después de tantos años de guerra y violencia ahora les está costando pasar a una mentalidad de paz y es que es mucho más complicado construir la paz que hacer la guerra.
Desde Yirol, un fuerte abrazo lleno de todo nuestro agradecimiento”.
Fdo: Padre José Javier Parladé. Misionero Comboniano


